Si están escuchando esto, es porque algo grave me ha ocurrido y no pude detener su publicación. Por motivos de seguridad para mi familia y amigos, no revelaré mi nombre, pero pueden llamarme Francis. Desde hace más de un año que he estado con graves problemas económicos y ya me sentía al borde del colapso. Si no ocurría un milagro, perdería mi casa, mi familia y todas mis posesiones. Lo que ocurrió fue lejos de ser llamado un milagro, pero en ese momento no lo sabía.
Revisando el periódico, buscando anuncios laborales con la esperanza de encontrar algo que me hiciera llegar a fin de mes, noté un aviso en el que buscaban un profesor. No especificaba la asignatura ni el nivel, sólo decía que buscaban a alguien con disponibilidad horaria para hacer clases a cursos con dificultades. Sin dudarlo, llamé al número en el aviso y me contestó un tipo con una voz profunda.
“¿Te ha interesado el trabajo?” preguntó antes que saludara. “Preséntate en … esta noche antes de las 10 para comenzar a trabajar. No es necesario que traigas tus papeles, nosotros veremos eso después” continuó antes de cortar la llamada.
Quizás a más de uno le parece raro que las clases comiencen a las 10 de la noche, pero en ese momento estaba tan presionado por las deudas que todo me parecía una oportunidad para lograr salir de la prisión en la que me encontraba.
Preparé mi bolso con todo lo que pensé que necesitaría para trabajar como profesor. Mi computador, el cargador, plumones, lápices extras. No sabía el horario ni a quienes les haría clases, así que decidí prepararme con lo básico y comenzar desde ahí. Revisando mi refrigerador, noté que no tenía algo para llevarme en caso que tuviera hambre. En ese punto de desesperación estaba.
Me tomó 2 horas de caminata llegar a la escuela donde me dijeron que me presentara. Aún quedaban 10 minutos antes de la hora indicada en la llamada. El lugar estaba oscuro, como si ya todos se hubieran ido. Cuando me acerqué, una persona apareció en la puerta y me dio la bienvenida.
“Tú debes ser el profesor nuevo para la clase especial. Soy el nochero de esta escuela, así que nos tocará trabajar juntos. Que bueno que llegaste un poco antes del inicio de la clase, eso te dará tiempo para leer las reglas del trabajo” comentó. Me entregó un papel con el logo de la escuela que decía en grande REGLAS en la parte superior.
Antes de poder comenzar a leer las reglas, el teléfono que se encontraba en la entrada de la escuela sonó. El nochero contestó la llamada. “Es para ti” me dijo, mientras me entregaba el teléfono.
“¿Buenas noches?”
“Estás en la escuela, excelente. Significa que has decidido comenzar con el trabajo. ¿Te entregaron las reglas del lugar? Debes saber algo importante sobre este trabajo. Si todo resulta como debe ser, será el único día que te presentes en este lugar, pero ganarás lo suficiente para poder vivir un par de meses en tranquilidad. Esto, claro, si logras sobrevivir la noche”.
¿Sobrevivir? ¿Cómo el trabajo de profesor podría ser algo que uno no pudiera sobrevivir una noche? En ese momento me di cuenta, el nochero llevaba consigo un arma en su cintura. ¿Qué clase de alumnos tienen en este horario?
“No te distraigas pensando en trivialidades. Esta noche es importante, el nochero te entregará una mochila. En ella tienes todo lo necesario para el trabajo. Quiero que leas bien las reglas que te entregaron, porque tu debes es romper cada una de esas reglas. Solo así podrás cumplir con todos los objetivos de esta noche”.
“¿Romper las reglas?”
“¿No me estás escuchando? Debes romper todas las reglas en ese papel. En la mañana te daremos tu paga, si has logrado el objetivo. Si tienes otra duda, puedes hablar con el nochero”.
La llamada se cortó. Quedaban dos minutos antes de que fueran las 10 de la noche, así que decidí leer las reglas mientras me dirigía a la sala, guiado por el nochero. “Soy Francis, olvidé decirte mi nombre” dije, mientras caminaba.
“No es necesario que me des tu nombre aún. Es más fácil el trabajo si no sabemos nuestros nombres, así que puedes llamarme ‘nochero’. Si logras cumplir con lo que se te pidió, creo que podríamos cambiar eso”.
Su respuesta me hizo sentir incómodo, como si estuviera trabajando en un lugar al que nadie debía venir. Las puertas de la escuela estaban cerradas, el nochero se encargó de eso cuando hablaba por teléfono.
Al prestarle más atención al papel, conté 10 reglas que debía aprender. Y no debía olvidar que lo más importante era romper cada una de esas reglas.
Regla número 1. Debes estar en la sala de clases antes del timbre. Al mismo tiempo, no puedes salir de la sala mientras no escuches nuevamente el timbre. Si escuchas una campana, ignórala. Durante la noche, tendrás 2 bloques de clases de 2 horas y un recreo entre ellas de 30 minutos.
Regla número 2. Al comienzo de cada clase, cuenta los alumnos. Deben ser 17 alumnos en total. Si hay más alumnos, debes pasar la lista y pedirles a los alumnos que no están en ella que vayan a hablar con el nochero. Una vez los alumnos salgan de la sala, debes cerrar la puerta y evitar que vuelvan a entrar.
Regla número 3. Si algún alumno pide permiso para salir de la sala, debes permitir que salgan. Una vez lo hagan, cierra la puerta para evitar que vuelvan a entrar. Debes borrar a estos alumnos de la lista.
Regla número 4. No puedes comer durante el horario de trabajo. Tampoco puedes comer durante el recreo. Terminada la jornada de clases, el nochero te entregará una colación que puedes comer en un lugar indicado. Si algún alumno te ofrece comida, no debes aceptarla.
Regla número 5. Si ves una sombra pasar por las ventanas, debes mantener las luces encendidas todo el tiempo. Ignora cualquier ruido de animales en el exterior. Si alguna criatura rompe una de las ventanas, debes llamar al nochero y correr hacia la entrada de la escuela.
Regla número 6. En ningún momento puedes hacer mención alguna a elementos pertenecientes a religiones. Tampoco puedes tener elementos como cruces o imágenes a la vista de los alumnos. Si algún alumno comienza a rezar, debes continuar la clase como si esto no estuviera ocurriendo.
Regla número 7. Si las luces del establecimiento se cortan, debes cerrar las puertas de la sala con seguro y utilizar cualquier elemento que tengas a mano para bloquearlas. Si escuchas golpes en la puerta, debes ignorarlo, aunque se trate del nochero.
Regla número 8. El horario de clases se divide en dos bloques. Durante la primera hora debes enseñar Historia utilizando el libro de apoyo que encontrarás en el escritorio de la sala. El segundo bloque es para enseñar Lenguaje. No puedes cambiar este horario de clases. Si algún alumno te pregunta sobre otra asignatura, debes responder que eso se enseñará otro día y continuar con la clase.
Regla número 9. En ningún momento de la clase debes mostrar emociones. Si por accidente llegas a sonreír o mostrar alguna otra emoción, debes llamar al nochero y correr hacia la entrada del establecimiento. Si algún alumno se muestra intranquilo o excitado, llama al nochero y corre hacia la entrada del establecimiento.
Regla número 10. No les digas tu nombre a los alumnos. Ellos no deben saber nada sobre ti. Está permitido inventar nombres y cambiar tu información personal. No es necesario que seas consistente, puedes cambiar la información cada vez que la mencionas. Si das un dato real por accidente o nombras a algún familiar, tienes permitido llamarle para pedirle perdón.
¿Qué clase de reglas son estas? ¿Quiénes son los alumnos de este lugar? ¿Qué está pasando aquí? Esas fueron algunas de las preguntas que me hice al terminar de leer estas reglas. Cuando levanté la mirada, el nochero ya se había retirado y estaba fuera de una sala de clases que tenía las luces encendidas. Miré el reloj en mi teléfono y eran las 10.02. “Creo que ya rompí la primera regla” pensé. Guardé el papel en mi bolsillo y entré a la sala.
Los alumnos no tenían nada especial. Parecían jóvenes de 15 o 16 años, cada uno con su uniforme. Ninguno de ellos me prestó atención cuando entré, así que antes de saludarlos, recordé contarlos. “2… 5… 9… 10, 11… 15… 17… 19 alumnos. Dos alumnos extras” conté. Pude notar a dos alumnos al fondo de la sala que levantaron su vista de sus libros y sonrieron. “Deben ser los alumnos que tengo que sacar de la sala. Están esperando que los reconozca” pensé.
“Buenas noches, chicos. ¿Están listos para comenzar la clase?” dije en voz alta para que todos me escucharan y prestaran atención. Cerré la puerta de la sala y caminé hacia el escritorio del profesor. En él estaba el libro guía para la clase de Historia. Ya tenía dos reglas rotas. Hasta el momento no había notado alguna consecuencia de lo que estaba haciendo. Los alumnos que esperaban ser retirados de la sala estaban sorprendidos, quizás un poco asustados. “Desde ahora seré su profesor. Me pueden decir Profesor Francis” continué, accidentalmente rompiendo una regla más.
Abrí la guía de historia en la página marcada. “Famosos atrapados en Estigia” decía el título en la parte superior. “¿Qué clase de libro de Historia es este?” pensé, mientras abría otras páginas. “Historia del Inframundo, Democracia en el Paraíso, Las Caras de los Ángeles… ¿qué clase de materia se les está enseñando a estos alumnos?” pensé. En ese momento, recordé la regla número 8. No tengo que enseñarles lo que sigue. Si ese era el objetivo de este trabajo, ¿qué podía enseñarles?
Dejé el libro sobre el escritorio y miré nuevamente a los estudiantes. Recordé mi época de alumno, los amigos y las experiencias que tuve durante esos años. Por mi mente pasó un recuerdo sobre una clase en la que el profesor nos preguntó cuál era nuestra meta en la vida. Quizás eso podía hacer acá, conversar con los alumnos sobre las cosas que ellos esperan conseguir.
“Muy bien, chicos y chicas. Quiero que cierren sus libros por esta clase. Vamos a conversar sobre un tema que nos ayudará a entendernos y a crecer como personas” dije, intentando imitar al profesor en mis recuerdos. “Quiero saber, ¿qué les gusta hacer cuando no están en clases?”
Los alumnos no entendían lo que estaba ocurriendo. Algunos estaban claramente molestos por el cambio en el plan de la clase. No hablaban, pero si creo haber escuchado un par de gruñidos, como si fueran animales. A lo lejos se escuchó un golpe, como si se hubiera caído un mueble gigante en una sala vacía, después se escuchó un crujido en el techo. Esto hizo que los alumnos se calmaran y cerraran sus libros.
“Si quieren compartir su respuesta a mi pregunta, pueden levantar su mano para seguir un orden y no estar hablando todos al mismo tiempo” dije. Los alumnos seguían algo desorientados y se miraban entre ellos. Nadie quería ser el primero en hablar, hasta que vi una mano levantarse en el centro de la sala. “Oh, tenemos una primera voluntaria” comenté, contento por la participación de una alumna.
“A mi me gustaba dibujar, profesor. Quería ser ilustradora cuando grande” respondió. Hablaba en una voz baja, quizás producto del miedo de ser la primera en hablar durante la clase. En ese momento no le presté atención al hecho que hablaba en tiempo pasado.
“Muchas gracias por compartir su respuesta con nosotros” respondí a la alumna. “¿Algún otro alumno u otra alumna que quiera responder?” pregunté, esperando que más estudiantes se atrevieran a participar.
Un alumno se puso de pie. “Profesor, ¿me da permiso para salir de la sala?” preguntó. Estuve a segundos de responderle que sí, pero había algo sobre eso en las reglas. Tomé el papel de reglas y busqué. Regla 3, debo dejarle salir y borrarlo de la lista.
“No, tiene que mantenerse en su lugar” respondí al alumno, que tomó asiento sorprendido. En esta oportunidad, los alumnos comenzaron a murmurar para ellos mismos. No podía entender lo que estaban diciendo. Se detuvieron cuando nuevamente crujió el techo de la escuela.
“Tienen un par de minutos para pensar en sus respuestas. Después espero que todos se atrevan a compartir lo que más les gusta hacer fuera de clases” dije, caminando hacia mi escritorio.
“Profesor” escuché que alguien decía en voz baja. Al mirar hacia la voz, noté un alumno sentado en la primera fila, junto a mi escritorio. Me acerqué para ver qué necesitaba. “Lo que está haciendo es peligroso, profesor. Tenga mucho cuidado en este lugar, sería mejor que siga las reglas que le entregaron” dijo en voz baja.
¿Qué podría ser tan malo que hasta los alumnos me recomiendan no romper las reglas? pensé. Quizás era mejor volver a comenzar y retomar la clase siguiendo las reglas. Mientras pensaba, noté que el alumno acercaba su mano cerrada hacia mí.
“Reciba esto, profesor, en caso que tenga hambre” dijo, abriendo su mano y mostrando una pequeña pastilla dulce.
Eso me hizo dudar un momento. ¿Por qué me estaba recomendando cumplir con las reglas si después intentaría que las rompa nuevamente? Tomé la pastilla, recordando que una de las reglas decía que no debía comer durante el horario de clases, y la guardé en mi bolsillo.
Después de unos minutos, volví a pedirles a los alumnos que respondieran mi pregunta. “A mi me gustaba montar a caballo, profesor. Tenía uno llamado Zorro que me gustaba montar cuando podía ir al campo” respondió un joven al final de la sala. “Me gustaba maquillarme, pero ahora que se acabó no tengo con qué hacerlo” respondió una alumna sentada cerca de la puerta. “¿Qué le gustaba hacer a usted, profesor?” preguntó uno de los alumnos.
“Durante la semana sólo estudiaba cuando era pequeño, pero los fines de semana iba a misa con unos amigos y después participábamos de actividades en la iglesia” respondí. No era verdad, pero en ese momento fue la mejor forma que se me ocurrió de romper la regla 6. Los alumnos estaban algo asustados, así que sonreí y les continué hablando. “Había juegos y otras actividades en las que podíamos participar” dije, sonriendo en cada momento. Los alumnos estaban ahora más intranquilos, nerviosos y hablaban entre ellos.
Leí nuevamente las reglas para identificar aquellas que me faltaban y noté que mi sonrisa ya había roto la regla 9, así que decidí continuar con esto y saqué la pastilla de mi bolsillo. Mientras quitaba el envoltorio, el techo crujió nuevamente, como si algo pesado caminara sobre este.
Cuando tomé la pastilla y la metí en mi boca, volvió a escucharse el techo. Esta vez ya no era alguien caminando, sino que parecía ser que corrían ferozmente sobre el techo. Un rugido directamente sobre el techo de la sala marcó el final de los ruidos de pasos.
Mis ojos se dirigieron involuntariamente hacia las ventanas de la sala. Una sombra parecía haber caído desde el techo. Corrí hacia el interruptor de la luz para apagarlas, mientras los alumnos estaban aún más asustados. “Profesor, por favor, deténgase” decían algunos, mientras otros comenzaron a rezar.
Al apagar las luces, se podía ver claramente fuera de la sala a través de la ventana. No había nada extraño a primera vista, así que me acerqué a ellas para mirar con mayor atención. Al fijarme en el centro del patio exterior, vi una extraña criatura. Era completamente negra y con largas extremidades. Miraba hacia otras salas, como si estuviera buscando algo o a alguien. Cuando miró hacia nuestra sala, me vio.
Corrió ferozmente hacia la ventana hasta chocar con ellas y romperlas. Un alumno, asustado, corrió hacia el interruptor e intentó encender las luces de la sala, pero estas no prendieron. “No hay luz en la escuela, ¿qué debía hacer en este caso?” pensé.
La criatura desapareció y pude escuchar pasos fuertes que corrían por todo el lugar. La hoja decía que debía cerrar la puerta e ignorar a cualquiera que golpeara, así que lo mejor para romper la regla sería dejar la puerta abierta. Cuando quité el seguro, algo me empujó hacia dentro, rompiendo la puerta. La criatura entró rugiendo, como si estuviera completamente fuera de sí. Rugió en dirección de los alumnos, quienes comenzaron a llorar y gritar asustados.
Mi instinto me hizo correr para ponerme entre la criatura y los alumnos. “Quédense en el fondo de la sala” les dije a los alumnos, con los brazos abiertos para evitar que la criatura se fijara en los alumnos. Los alumnos seguían llorando y gritando.
Sentí las manos de la criatura tomarme. Sus dedos eran alargados y tan duros como el metal. Tenía garras que comenzaron a enterrarse en mi espalda, desgarrándola.
Miré al alumno que estaba cerca de mi escritorio, con la mano le indiqué que revisara mi mochila. El dolor evitaba que hablara, así que no pude indicarle que me pasara la cuchilla que estaba en un bolsillo interno, que llevaba conmigo desde la primera vez que me asaltaron cuando joven. En cambio, este alumno me lanzó uno de los plumones que planeaba utilizar para las clases.
Sin pensarlo dos veces, enterré el plumón en uno de los ojos de la criatura, que me lanzó contra una de las paredes. Cuando caí al suelo, sentí que en mi mano estaba el segundo plumón, que el alumno me había recién lanzado.
La criatura cubría su ojo con una de sus manos, mientras caminaba hacia los alumnos, lanzando mesas y sillas hacia las paredes. Con dificultad me puse de pie, plumón en mano y corrí nuevamente hacia la criatura. Al sentir que me acercaba, la criatura giró su cabeza y volvió a verme de frente.
El plumón todavía seguía en su ojo, manchado de sangre que corría por el costado de su cara hasta el suelo. Con su brazo libre me empujó contra unas mesas y saltó sobre mí. Sabía que debía tener miedo de lo que estaba pasando, pero la adrenalina y el instinto de cuidar de estos niños me mantenían alerta y aún con energía para moverme.
La criatura rugió en mi cara, sentí el olor de sangre en su boca. Esta no era la primera vez que alguien pasaba por esto, al parecer. Tenía sus patas traseras sobre mis brazos, por lo que no tenía forma de atacarlo nuevamente con el plumón. “Este es el fin” pensé. Cerré los ojos y pensé en mi esposa. Vaya forma de despedirme de ella.
Sentí el aliento de la criatura acercarse lentamente, como si se preparara a disfrutar comerme, cuando reaccionó a un ruido en su espalda. Al abrir los ojos, vi a uno de los alumnos golpeando a la criatura con una silla. Esta se dio vuelta para estar frente al alumno, así que aproveché esta oportunidad para ponerme de pie.
Me subí a una mesa y salté sobre la espalda de la criatura, que miraba amenazante al estudiante. Con todas las fuerzas que pude juntar, me sujeté al cuello de la criatura. Se movía para todos lados y comenzó a correr en la sala, intentando que me soltara. Traté de sofocarla, pero su cuello era más fuerte de lo que creía y no parecía lograrlo.
Mientras la criatura corría, enredó su pierna entre unas sillas que estaban apiladas luego que las arrojara para llegar a los alumnos. Intentando soltar las sillas, tropezó y cayó al suelo. El golpe hizo que soltara el cuello de la criatura. Parecía que estaba asustada, como si fuera la primera vez que alguien le enfrenta y no supiera qué más hacer.
Me acerqué lentamente a su cabeza. La criatura intentó agarrarme de la pierna, pero ya no tenía la misma fuerza de antes. Me arrodillé, sujetando con mi pierna su brazo. Con un golpe, enterré el segundo plumón en el otro ojo de la criatura. Su rugido se sintió por toda la escuela. Antes de dejar de hacer ruido, parecía estar llorando, mientras con sus dos manos intentaba sacarse los plumones enterrados. ¿Podría ser que sabía que estaba muriendo?
“¿Qué hiciste?” escuché que decían desde la puerta de la sala. Era el nochero, que había llegado luego de escuchar el último rugido de la criatura. Entró rápidamente y se arrodilló junto a la criatura, poniendo sus manos sobre el pecho de esta. “Está muriendo, ¿por qué lo hiciste?” dijo, mientras intentaba calmar a la criatura.
Estuvo en silencio un par de minutos, hasta que la criatura soltó su último aliento. En ese minuto me di cuenta, los alumnos habían desaparecido. No quedaba rastro de ellos en la sala de clases. “¿Qué pasó con los alumnos?” pregunté.
El nochero se puso de pie y pude notar que estaba llorando. “Ahora que está muerta, los alumnos pueden salir de la escuela. Todos regresaron a sus casas finalmente. Espero que esto también signifique que pueden ir finalmente a descansar” contestó. “No era su culpa. No era culpa de nadie. Mientras sintiera que había clases todos los días, se sentiría tranquilo y seguiría dormido. Historia y Lenguaje eran sus asignaturas favoritas cuando estuvo estudiando acá, cuando éramos compañeros de clases” continuó.
El nochero caminó hacia la puerta de la sala, invitándome a acompañarlo. Así que tomé mi mochila y me lo seguí. Por un segundo pensé en mis plumones, que se encontraban en los ojos de la criatura, pero me di cuenta que era mejor darlos por perdidos.
“No te tomó más de 20 minutos terminar con esto, todavía deberías poder conseguir un taxi o algo que te lleve a tu hogar. No es necesario que vuelvas mañana” dijo, mientras se despedía en la puerta de la escuela.
Todavía no podía entender todo lo que había pasado. Hace menos de media hora comencé a trabajar en una escuela y terminé luchando contra una criatura para defender alumnos que terminaron desapareciendo de todas formas. ¿Habré cumplido con el trabajo? ¿Cómo me pagarán? Las reglas decían nada sobre enfrentar a la criatura o dejarla en paz, así que no sabía qué más iba a pasar desde ese momento en adelante.
Caminé hacia mi casa, todavía sin entender lo ocurrido. Al pasar por una plaza, había un auto blanco estacionado. Junto a él, un hombre estaba fumando. “Buenas noches” me dijo cuando pasé cerca de él. Respondí con un pequeño movimiento de mi cabeza sin hablar, estaba muy cansado aún. “Parece que lograste terminar con el trabajo en un tiempo impresionante”.
Al escuchar eso, me detuve. “¿Qué quiere decir con eso?” pregunté. No sabía si acercarme al desconocido o seguir caminando como si no hubiera escuchado.
“Pensé que te tomaría más de un día romper todas las reglas, pero sólo necesitaste menos de 30 minutos. Eres muy bueno en este tipo de trabajo” dijo el hombre, abriendo la puerta trasera del auto. “Sube, te llevaré a tu casa”.
Este sujeto sabía sobre el trabajo y sabía lo que hice. Estaba muy cansado para huir, así que decidí subirme al auto, esperando averiguar más sobre todo esto. Cuando el hombre se subió, intenté decirle mi dirección. “No te preocupes, se donde vives” me interrumpió. “¿La escuchaste llorar, cierto? Todas lloran cuando saben que van a morir. Algunas lloran de miedo, otras de felicidad” relató mientras conducía. “En la mañana notarás la paga en tu banco. Con eso deberías poder vivir un par de meses tranquilo y sin necesidad de trabajar. Utiliza este tiempo para recuperarte física y mentalmente”.
Cuando nos detuvimos frente a mi casa, me bajé rápidamente. “Si estás interesado en continuar trabajando con nosotros, llama en 30 días al mismo número del anuncio. Te daré tus nuevas instrucciones” dijo el sujeto antes de irse.
Esto fue hace casi 30 días. Mañana debería llamar nuevamente a ese número si quiero volver a trabajar en esto. No se qué ocurrirá, pero el dinero que recibí fue más de lo que habría ganado en un par de años trabajando. Quizás pueda intentar hacerlo un par de veces más. Mientras, dejaré esta entrada programada para subirse en una semana más. Así podré detenerla cuando vuelva del siguiente trabajo.
Si están escuchando esto, no se cuantas veces más relataré los eventos de mis trabajos. Este es sólo el primero y fue muy afortunado de sobrevivir. Deséenme suerte.